Cuando recorremos los lineales de un supermercado vemos cada vez más productos con etiquetas en las que aparecen destacados mensajes del tipo “sin aditivos”, “no contiene colorantes ni conservantes” o “100 % natural”. Cada vez que vemos en la lista de ingredientes algún componente identificado con una “E” seguida de tres o cuatro números lo primero que pensamos es que estamos ante un alimento que tiene “química”, sin darnos cuenta de que cualquier alimento, por muy natural que sea, está formado por elementos químicos. La industria recurre a estos compuestos por diferentes motivos: para mejorar su sabor, su aspecto, para asegurar que son inocuos, para prolongar sus periodos de consumo, etc.

 

Para que el uso de un aditivo sea aprobado, la Unión Europea exige que se haya demostrado que es seguro, que exista una necesidad tecnológica que no pueda conseguirse de otro modo y que su utilización no induzca a error al consumidor porque confiera al alimento características que no tiene. Para cada aditivo se ha calculado científicamente la cantidad que una persona podría ingerir diariamente sin que ello supongo riesgo alguno para su salud. Este valor se conoce como IDA (Ingesta Diaria Admisible), que normalmente es del orden de unas 1.000 veces menor que la cantidad que podría producir algún efecto, aumentando enormemente los márgenes de seguridad. De esta forma, para que nuestro organismo notase algún efecto de un aditivo tendríamos que consumir muchos quilos de alimentos que lo contenga todos durante periodos muy amplios de tiempo.

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