A veces nos olvidamos de ello, pero hubo un tiempo en el que sólo se podían comer tomates en verano, uvas en otoño o buenas naranjas en invierno. Hoy en día los supermercados nos ofrecen todos estos productos frescos durante todo el año. Sin embargo, esta comodidad también tiene sus desventajas. Para que esas apetitosas cerezas puedan llegar hasta nuestros hogares se habrán necesitado más embalajes, habrán aumentado en gran medida las emisiones de gases contaminantes en su transporte o se habrán corrido riesgos de importación de plagas o especies invasoras que en futuro podrían dañar los cultivos locales.

 

El comercio de proximidad es más respetuoso con el medio ambiente. Evita desplazamientos en coche y reduce la contaminación ambiental. Comprando en el comercio local consumiremos más productos de temporada (cuando su calidad es óptima y su precio más asequible), ayudamos tanto a los productores de la zona como a los comerciantes de nuestros pueblos y ciudades, de tal forma que mientras disfrutamos de un paseo por el barrio, haremos nuestra compra y al mismo tiempo estaremos contribuyendo al mantenimiento de la economía local. Aunque sólo sea una pequeña aportación, de estos pequeños detalles también dependerá el que nuestros descendientes puedan seguir disfrutando de los deliciosos manjares que desde siempre nos han proporcionado nuestros mares o han producido la agricultura y la ganadería gallegas, cuyo papel ha sido fundamental tanto en el mantenimiento paisajístico y medioambiental como en la fama que a pulso se ganaron los productos gallegos.

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